Igual sí era fuera de juego

Igual sí era fuera de juego

Me lo contó en el bar de la esquina, viendo el partido de fútbol. En aquél momento no le creí. Me pareció una buena historia, eso sí. Pero no le creí.

Hoy sí, hoy sí le creo. Y no podría menos que acordarme de todos sus muertos, pero es que eso es, justamente, lo que no puedo.

Habíamos entablado una conversación sobre el partido de nuestro equipo que veíamos en el televisor del bar cuando yo empecé a quejarme del arbitraje que estábamos sufriendo. Él sonrió de una forma enigmática y me avisó que me lo iba a contar y me lo contó, vaya si me lo contó. Empezó así:

Yo la fastidié hace un tiempo y ahora, hoy es el día en que no puedo quejarme de nada ni de nadie. En cuanto una queja o un reproche asoma en mi lengua, automáticamente mi boca se cierra y no deja escapar sonido alguno. En vez de quejarme mi mente se pone a desmenuzar el reproche abortado y lo transforma en mis necesidades insatisfechas y de ahí en un conjunto de acciones y objetivos que me permitirán cubrir esas necesidades.

En ese momento el equipo rival metió gol en un claro de fuego que el árbitro no pitó. Entre los parroquianos del bar estalló la indignación en contra del de negro y de su auxiliar. Mi compañero no dejó salir una queja de su boca  y yo me quedé parado observando su enigmática sonrisa sin poder protestar la actuación arbitral, concentrado como estaba en la reacción de mi compañero, o eso creí entonces.

El caso es que apuré mi cerveza y aproveché el mosqueo generalizado para irme del bar y dirgirme a casa con paso vacilante.

El problema (me cuesta decirlo así) empezó el día siguiente cuando fuí a echar mis demonios mañaneros en contra de mis hijos por dejar todo en su habitación, cocina y baño tirado por el suelo. Justo cuando me disponía a hacerlo, mi boca se cerró y algo dentro de mí empezó a hacer preguntas y a obtener respuestas; que si necesitaba orden y armonía en mi vida, que si no era una cuestión sólo de orden doméstico, que si entroncaba con un orden y una armonía más profunda, que si era momento de ponerme manos a la obra, etc, etc….

Quedé atónito. Ya no podía gritar a mis hijos, ni a mi mujer, ni a mi madre, ni a mis vecinos, ni siquiera a los árbitros. ¿Qué iba a ser de mi vida ahora?.

Ahora el único consuelo que me queda es ir al bar de la esquina, sentarme a ver el partido de fútbol y esperar que el árbitro pite un penalti en nuestra contra o deje de pitar un claro fuera de juego para tener la excusa y la oportunidad de contar mi historia al incauto que se siente a mi lado.

salud !!!

;; orbe

;; orbe

;; orbe

Hijo, nieto y sobrino de marinos

Enrolar esa tripulación idónea, diversa y diferente para cada viaje en que nos embarquemos; fijar destino, escoger rumbo y zarpar junto con el cliente; esta es la magia de ;; abogacía artesana.